Andrés
consideraba que después de los 24 la vida no valía la pena ser vivida.
Algunos,
encuentran más viable la implosión; unos se valdrían de cuerdas, líquidos o
pastillas. Otros, más sádicos, acudirían a series sosas, falsos amores o libros
de autoayuda.
Otra porción,
saciaría su dolor en la comida, en excesos repulsivos y mecánicos. La comida
rápida, entendida como unas papas fritas, una hora laboral de más o el sexo
fortuito.
También están
los que encuentran en la inmolación una forma de acabar con su sufrimiento: Desde una misa
de 6 a.m. en Bogotá, hasta un encuentro fortuito en una plaza como la Guyana
con Jim Jones; en ambas alternativas, el procedimiento consta de darle a otros
el control remoto.
Sin embargo, la inmolación como método merece más comprensión, que reducirla a una acción estrepitosa. Hay quienes se han dedicado a construir la inmolación como su proyecto de vida; le han dado poder a otras formas más o menos deprimentes, para sujetar sus propios hilos. Los más ávidos de sangre optan por el seppuku. Desde hacer un pequeño corte en el abdomen para dar vida, sajar una porción del estómago para dar placer al benefactor que le dobla en edad o hacer un corte perfecto de carne magra en muñecas o muslos, para enmascarar un dolor más intenso.
En otra categoría están los kamikaze, quienes deciden invertir su control de impulsos en abrazar con violencia la vida; la propia y la de otros. En la mayoría de los casos acaba en un fuerte dolor de cabeza que no se percibe, pero que por los restos que deja se deduce dicho dolor como sucedió con Kurt en los 90; en los escenarios más comunes, personas de barba espesa y de lenguaje inteligible para los occidentales, toman por opción estallar de felicidad con literalidad (la felicidad era opcional).
Así las cosas, para hacer de las opciones oportunidades de alta probabilidad, que seduzcan a quienes así lo quisieran leer, son efectivas las formas más inverosímiles por su concreción. Desde un accidente cerebral por hurgar la nariz con el índice, una parálisis por latigazo al estornudar sin flexionar el antebrazo o el abrochar un grillete al cuello del pie y lanzarlo al fondo del mar. Muchos negarán el último, pero viven ahogados, perdiendo progresivamente la capacidad de respirar, flotando en sus desgracias y propias lágrimas.
Si vale la pena
acabar con el sufrimiento sea cual sea este, con o sin asistencia; no habrá
elemento, método o consejo que ayude a tal fin. Por lo pronto, sólo resta
conformarse con la miseria de contemplar por dos ventanas, aquello que no
hiciste y aquello que quisieras hacer; esto, ignorando la tercer ventana que te
muestra lo que dejas de hacer en este momento.
Sin embargo, no
hay que dejar de escandalizarse en los escenarios relevantes; no cuando alguien
se vuela el parasol con un revólver, se sumerge en una tina con un coctel que
mezcla limón, tequila y un cable conectado a la toma con su extremo expuesto,
en contacto con el agua (ah sí, y un poco de sal) o quien hace un combo entre
cuerda, medicamento y raticida. Hay que escandalizarse con vehemencia cuando de
una boca se escapa un: estaba desmotivado, pues no hay mayor motivación en
ambas pulsiones.
Arnold 🐘 [AlterEgo de Eros y Tánatos]
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