La vida está llena de pequeños suicidios.
Un largo sorbo de esa bebida azucarada,
cruzar la calle en rojo;
resbalarse de un andén,
atorarse con la saliva.
Existen formas más letales,
sombrías, censuradas, consideradas tabú;
unas son de alturas, de bebidas,
de cantidades, compulsiones y excesos.
No hay una medida estándar,
es una búsqueda permanente de aliviar un intenso dolor;
un dolor socialmente invisible.
Invisible por temor a ser juzgados;
tan sólo pensar en ello es una osadía,
un pequeño suicidio.
Hay pequeños suicidios que son letales;
contestarle a la mamá enojada,
contradecir un profesor que cree tener la razón,
ser públicamente sincero,
ser empático sin esperar nada a cambio,
actuar honestamente.
La sociedad nos pide renunciar a esos pequeños suicidios;
nos quiere correctos y ajustados;
concibe lo plural como disruptivo.
nos encuentra inmorales, indecentes;
Quien reprueba se cree con superioridad moral [y seca sus lágrimas en silencio para que nadie note su propio sufrimiento];
quien exige no logra corresponder con el ejemplo [y su vida es un caos radical].
Ha de ser un ciclo de la vida que fluye entre el realismo y el pesimismo;
ese pesimismo que se mueve hacia la delgada línea, pero que rodeados acertadamente, nos permite aferrarnos a esa vida, esa vida que implica convivir con amores y dolores todo el tiempo.
Ese realismo que desafía a disfrutar de los pequeños suicidios, como un helado antes de subir a pesarme, una última copa antes de iniciar el medicamento o un último beso, antes que me termines.
Esos son los pequeños suicidios; morir un poco para vivir de algo.
Arnold 🐘 [AlterEgo de Wilbur]